Fue don Castro quien nos llevó a un sitio en donde se encuentran aún los restos de cinco construcciones circulares de barro y adobe, que era como levantaban sus viviendas, generalmente bajo un árbol frondoso para que les sirviera de techo su ramaje. Cultivaban especialmente maíz y zapallo.





Llamó la atención de la mezcla en un radio muy estrecho, de piezas con engobe exterior y también de interior y exterior, junto a otras muy rústicas elaboradas con materiales de barrales diferentes a las rojas tierras de Guandacol (no olvidemos los colores de Los Colorados, Talampaya, etc.), lo que permite suponer un comercio activo incluso tardío. Había fragmentos de vasos o jarritas y cercana a una de las construcciones, siempre en superficie, piezas destinadas al culto y que habrían pertenecido a la nobleza/ jefatura local, dado la fineza de la pieza en su grosor y acabado.
No acostumbramos hacer intrusiones en sitio y no lo haríamos ahora, dado que unos cuantos pobladores seguían nuestros movimientos con atención, desde sus casas que estaban bajo árboles en la línea en donde otrora corriera más agua que la que se podía observar en la actualidad.
Nos despedimos de nuestro amigo y pusimos rumbo a San Juan, cuyo límite provincial se encuentra cercano y desde donde vienen las aguas envenenadas por la explotación de oro en la que se encuentra asociada el gobernados sanjuanino, y pone en riesgo a la economía lugareña (los pobladores de Santa Clara, montaban guardias para controlar la salud de las aguas que corrían en las acequias).
La Ruta 40 nos volvió a llevar por sus generosos paisajes.
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